Los tres pequeños pretendían incurrir en rebeldía filial, pero el mayorazgo, con grandes aires de hombre poderoso sofocó los primeros síntomas de sedición.

—Ya sabéis que nos dijo que pasaría por aquí á ver si habíamos obedecido. ¿Por qué será, Fina?

Eso preguntó Fina en apartándose de los abatidos mancebos.

—Sea por lo que sea, palombina, yo alégrome de que vayamos solas. ¿Ves qué tarde bendita, neña mía?

Fina sentía henchido el pecho de una exaltación maravillosa y sin causa.

Tita Anastasia rememoraba los años de su vida labriega.

—Yo prefiero la aldea á la ciudad, neñina. Mira, por este tiempo, y en la luna creciente, se siembra el cáñamo y el lino regadío; siémbranse también las legumbres; injértanse perales y pomares y trasplántanse naranjos y álamos. Con el menguante es bueno cortar blimales y cañas para cestos, enrodrigónanse las parras, pódanse los árboles tardíos y se reconocen las colmenas. Si en este mes se oyen los primeros truenos, señala muertes de hombres ricos y poderosos, enfermedades de cabeza y dolores de orejas. Por todo este mes es peligroso el mal de los pies. Veo que no me escuchas.

Llegadas al monte cerrado, sentáronse al pie de un roble. Sonó la trepidación de un automóvil que pasaba cercano, mas no pudieron ver quiénes iban en él. Detúvose al punto, y luego de unos minutos volvió á sonar, alejándose. Fina se levantó.

—¿Adónde vas, Fina?

—No sé. Siento una impaciencia... Deseos de pasear... de moverme. No sé.