Trabajosamente, tita Anastasia se puso en pie y siguió á su sobrina. Avanzaban poco á poco por la espesura. Fina aprisionó con nerviosa vehemencia el brazo de la anciana; con la otra mano señalaba un hombre que se incorporaba y permanecía de rodillas sobre la hierba, de espaldas á ellas. Tita Anastasia iba á gritar. Josefina la impuso silencio con el gesto. Adelantóse y tomó de la mano al hombre.
—¡Fina! Pensaba en ti.
—Ya lo sé.
—¡Bendito sea Dios!
Fina y Alberto ligaron una conversación, que parecía haberse suspendido pocas horas antes. Y tita Anastasia no salía de su espasmo místico.
XIII
La pata de la raposa.
Rehízose tita Anastasia de su espasmo místico. Vió que Fina y Alberto platicaban en estrecha concordia. ¡Oh, grande y generoso corazón el de su sobrina, que tan presto perdonaba y olvidaba agravios, ingratitudes, desdenes! Acercóse á la feliz pareja. Su ancianidad le autorizaba á moralizar sobre el caso. Y tita Anastasia:
—Cuando la raposa cae en el cepo, dicen que se roe la pata hasta que se la troncha, y huye con las tres sanas. El granizo de antaño no daña á la flor de hogaño.