Aderezado con el velo de la alegoría, tita Anastasia pretendía decir que no se debe volver el rostro al pasado, y si por ventura lo arrastramos á la zaga, fuerza es desasirse de su pesadumbre.

Por la noche, á solas en su estancia, Alberto rumiaba la frase de tita Anastasia. La idea de la muerte es el cepo; el espíritu, la raposa, ó sea virtud astuta con que burlar las celadas de la fatalidad. Cogidos en el cepo, hombres débiles y pueblos débiles yacen por tierra; imaginando cobardemente que una mano bondadosa y providente lo ha puesto allí por retenerlos y conducirlos á nueva y más venturosa existencia. Los espíritus recios y los pueblos fuertes reciben en el peligro clarividente estupor, desentrañan de pronto la desmesurada belleza de la vida y renunciando para siempre á la agilidad y locura primeras, salen del cepo con los músculos tensos para la acción, y con las fuerzas motrices del alma centuplicadas en ímpetu, potencia y eficacia.

El óleo del atleta.

Don Medardo y su consorte conocieron la renovación de los antiguos amores de su hija, así que ésta, con la tita Anastasia, retornaron del paseo. La vieja quiso tener la honra de anunciarlo solemnemente. Don Medardo acogió la noticia con resignada tristeza. Tita Anastasia se irguió, ofendida y solemne:

—Ahora va de veras. Medardo, yo conozco el mundo mejor que tú, que siempre has vivido con los ojos cerrados. Fina será dichosa, tan dichosa como ella se merece.

Las primeras entrevistas de los novios tuvieron el fondo rústico y sacro de aquel monte de robles á modo de basílica. Evitaban la casa porque Leonor no contrastase en el pensamiento su felicidad pasada con la ventura actual de la hermana, y de ello extrajera recóndito dolor.

Tita Anastasia se alongaba un trecho de la pareja y hacía labor de aguja, aderezando fantásticas prendas indumentarias para el pequeño calmuco.

De los labios de Alberto brotaba sin reposo el amor, diluído en una facundia melodiosa y trémula, como arroyo invisible que resbalaba en el aire, derramábase sobre el rostro de Fina é iba sumiéndose en la sombra translúcida y profunda de sus ojos.

—Es, Fina, como si mi alma hubiera andado muchos años difusa, evaporada y embebida en el universo, desde la raíz última de la tierra hasta la estrella más hundida en los senos de la noche; y en un punto asombroso volvió á concentrarse dentro de mi pecho, trayendo mezclada con su sustancia innumerables virtudes de sustancias innumerables, y cada una de esas virtudes aspira hacia ti, como á una correspondencia musical, y por ti vibra maravillosamente y muere en cuanto nota solitaria para renacer acoplada con las demás en armonía. Siento el alma dentro de mí como un sér desnudo y virgen, hijo del milagro y padre seguro de prodigios. Y lo siento enorme, arrebatado de humilde frenesí, como si anhelase huírseme de entre los labios en una elocuencia caudal é ir á templarse en tu alma, penetrando por las puertas diamantinas y misteriosas de tus ojos, para luego salir al mundo hasta coronar su obra y decir su palabra de revelación. Y es que veo y siento tu alma á semejanza de una suavidad magna, densa y fragante, como un lago de óleo perfumado. Cuando sonríes, la sonrisa me parece algo aéreo, denso y aromoso que de tu dulce piel morena por todos los poros se destila. Y antes de ir á confundirme con los hombres y participar de sus luchas enarbolando mi divisa, quiero hacer invulnerable mi alma bañándola hasta el éxtasis en la tuya. Fina, Fina...

Cuando la palabra desmayaba, sin fuerza para conducir sobre sus alas la magnitud del sentimiento, acudía á los labios de los dos novios el eterno y divino intérprete de lo inefable, el beso. En este punto tita Anastasia miraba por encima de las gafas, y dejando caer la labor sobre el enfaldo, unía las manos y reincidía en sus espasmos místicos.