Tita Anastasia hace un descubrimiento.

Tita Anastasia había profesado desde su adolescencia un fanático horror al beso, imbuída de las furibundas execraciones que el cura de la parroquia profería al referirse en sus sermones á este acto tan placentero. Según las ideas de tita Anastasia el beso era invención del propio Satanás, y la más abominable de las deshonestidades, porque era la puerta falsa por donde todas ellas se colaban con silenciosa perfidia. Para ella el beso no era un acto de amor único y simple, sino que lo imaginaba inexcusablemente ligado á vergonzosas concomitancias prolíficas, y hasta le parecía haber leído en algún libro docto y de piedad que en las remotas edades gentílicas, cuando el demonio imperaba en la tierra como señor absoluto, la generación se verificaba á flor de labio. Acerca de estos misterios tita Anastasia no tenía claras nociones, sino presunciones muy vagas que nunca había querido ampliar ni definir. El beso, entre personas á quienes Dios, por ministerio de un sacerdote, no había unido en matrimonio, constituía torpeza y pecado gravísimo; entre esposos el beso conyugal era uno de tantos males necesarios como Dios consiente en sus ocultos designios, pero siempre algo vergonzoso. Cuando tita Anastasia, por accidente, había sorprendido á Hurtado depositando y recibiendo besos golosos de su mujer, había experimentado gran turbación y un movimiento de malestar en el estómago.

¿Cuál no sería su sorpresa ahora al presenciar cómo Fina y Alberto se besaban con apasionada castidad, y en el rumor transparente de sus besos creer oir ella remansado eco de celestiales orquestas? Sabía que el cielo era mansión eterna del amor, pero, hasta las tardes del bosque, amor era algo innoble ó una palabra sin sentido. Sintió por primera vez en su vida la melancolía de no haber amado nunca. Hasta sus familiares y netas imágenes teológicas hubieron de resentirse un poco. Ángeles y querubines, bienaventurados en suma, no era posible que fueran de un solo sexo y por entero espíritus puros, porque entonces no podrían besarse. Así tita Anastasia, sin despojarlos de su condición de espíritus puros, acordó favorecerlos con sexualidad diversa y un par de labios encendidos y traslucidos, á modo de rubíes.

Una mañana que estaban solas tita Anastasia y Fina, dijo la vieja:

—Todos tenemos voz, pero hay voces que nacieron para cantar. Si yo fuera menistro prohibía, pero así, del todo —con la mano simulaba rubricar en el espacio—, que cantasen los que tienen voz fea. ¿Y tú?

—Si con ello alivian su tristeza ó su ansiedad... ¿Por qué lo preguntas?

—¿Á ti te gusta oir cantar recio al que tiene voz fea? Ni á ti ni á nadie. Pues ya ves, tan vieja y hasta ahora no he averiguado que hay bocas; mejor dicho almas que han nacido para besar...

Fina bajó los ojos. La cera de sus mejillas se alumbraba de purpúreo resplandor interno.

Y tita Anastasia, por las noches, á solas en su lecho, después de haber rezado una padrenuestro para que no la picasen las pulgas —piadosa costumbre de toda su vida— fantaseaba sobre el ars amandi.

Cacoethes scribendi.