—Escucha una página de la leyenda dorada de mi alma Fina, y reverénciame como á uno de aquellos santos juveniles, gloriosos y esforzados que mataban dragones y vestiglos.

La lluvia cenicienta lagrimecía á lo largo de los vidrios. Fina y Alberto platicaban en un rinconcito penumbroso de la sala de don Medardo. Tita Anastasia, al pie de un balcón, enmarañaba un hilo de estambre y un hilo de recuerdo, oscilando la atención alternativamente de uno á otro. Alberto, presentándose como un santo vencedor de dragones, rió muchachilmente; una risa, nueva en su cara, que transía de placer á Fina.

—Vamos á ver qué dragón has matado.

—Pues he matado al más fiero de los dragones, cuyo aliento me envenenaba, cuyos mil ojos me paralizaban y cuyas cien bocas se abrían, no para devorarme, peor aún, para burlarse de mí. Este dragón se llamaba el Ridículo. Convencido de que está muerto y bien muerto, ya no tengo miedo de él.

Alberto se irguió en un alarde de petulancia fingida.

—Pero ¿de veras tenías tanto miedo á la opinión ajena?

—Á la opinión ajena jamás. Á la mía propia —Alberto convirtió el tono de elocuencia cómica en un registro lento y espaciado de disquisición confidencial—. Ya ves si ahora hablo por los codos, y en ocasiones con tanta fogosidad é incoherencia que tú misma quedarás asombrada y confusa. No soy el mismo de hace dos años.

—No. Y yo, si esto es posible, te quiero más ahora, es decir, me gusta más que seas como eres ahora.

—Y es que antes, para todos mis actos, para todos mis sentimientos, para todas mis ideas, había un aduanero ó cancerbero inexorable aquí —colocó el dedo índice entre ceja y ceja—. Era el dragón.

—Ya, ya. No diré que un dragón, pero que tenías ahí un bichito muy molesto, te lo conocía yo en que no dejabas quieta la frente un minuto. Como que te han salido arrugas.