—El verdadero ridículo, el temible, es el ridículo para con uno mismo. El ridículo es la desproporción entre el propósito y el acto. ¿Te aburro?
—¿Qué? ¿Aún colea el bichito? No me aburres, hombre.
—Entonces, ¿te pongo un ejemplo?
—Te he entendido. El ejemplo voy á ponerlo yo. Ese Carriles de quien tanto te han hablado se proponía casarse conmigo, y se proponía que yo no sospechase que lo hacía por dinero...
—Justo; se puso en ridículo. Pero como los propósitos son la porción secreta de cada cual y los demás sólo los conjeturan ó presumen, para los espíritus delicados el verdadero y temible ridículo es para consigo mismo. Consecuencia...
—Que se tumba uno á la bartola y no hace nada, porque como las cosas nunca resultan á la medida del deseo, resulta que siempre se pone uno en ridículo para consigo mismo. Por ahora todo es bastante claro.
—Me encanta oirte discurrir y hablar, Fina.
—Lisonjero y adulador no te quiero. ¿Qué más ibas á decir?
—Otra clase de ridículo: el de las cosas sin propósito. Por ejemplo... —Alberto paseaba los ojos por la estancia, en tanto con la imaginación perseguía un ejemplo expresivo.
—Por ejemplo, los madroños de ese velador.