Alberto rompió á reir jovialmente.

—No me atrevería yo á decir tanto.

—Yo sí. Es gusto de papá. Y á mamá y tita Anastasia les parecen preciosos. De manera que, en último término, ¿qué importan los madroños? Á lo tuyo. Á ti te parecía que todas las cosas del mundo y todos los actos de la vida eran madroños.

—Sí, Fina —murmuró Alberto humildemente.

—¿Y ahora?

—Ahora...

El divino y eterno mensajero de lo inefable cruzó entre ellos con vuelo furtivo. Asumieron de nuevo el tono confidencial.

—Lo que me asombra, Alberto, es que te costara tanto tiempo y trabajo matar ese bichito.

—Cuando se ha estado seis años entre jesuítas, esa es la hazaña más grande de la vida.

—Los quieres tanto, que los enviarías á todos de una vez al cielo por la línea directa del martirio.