—No los quiero mal ni bien, Fina, aun cuando me han hecho mucho daño. Seis años, Fina, día por día, ligándome el alma y apretando fuerte con la soga del temor al ridículo, embotándola con la idea de la inutilidad del esfuerzo. Cuando se cree, después de estos seis años se hace uno fraile ó se entrega uno á ellos como un cadáver. Cuando no se cree...
La voz de Alberto latía con amargura. Fina le acarició las manos, sin hablar, por no descubrir que estaba enternecida. Y ya serena, dijo:
—Comprendo lo que has sufrido y he sufrido yo también adivinándolo. Pero, tú me ibas á hablar de otras cosas con motivo del dragón. ¿Eh?
—Sí. Pensaba aclarar algo que hasta ahora te parecerá un poco oscuro. Me has oído varias veces que estoy determinado en construir mi vida en un plazo que no excederá, creo yo, de dos años, de manera que al cabo de ellos pueda dignamente decir á tu padre: Señor mío, me voy á casar en seguida con Fina. Me has oído que estoy resuelto á trabajar, conforme á los tres versículos del Evangelio de San Francisco: trabajar sin dinero, siendo pobre; trabajar sin sensualidad, siendo casto; trabajar con humildad, siendo obediente.
La simplicidad seráfica del santo de Asís hacía eco transparente en los ojos de Fina. Alberto continuó:
—Una especie de labor religiosa. Y tú preguntarás, ¿en qué?
Una pausa. Alberto adelantó la cabeza, á mirar muy de cerca el rostro de su novia y de esta suerte percibir hasta el más huidero matiz de emoción suscitado por sus palabras. Dijo con voz lenta y firme:
—Voy á escribir para el público.
La sonrisa delicada y profusa, en este punto de fervorosa aquiescencia, irradiaba de todos los rasgos de Fina, de manera que Alberto se sintió ungido y fortificado en su vocación. Un ímpetu expansivo le embriagaba.
—Ya sabes que he matado al ridículo. Aficiones á escribir siempre las he sentido, y he cultivado este arte secretamente. Pero por nada del mundo me hubiera aventurado á lanzar mis ensayos al juicio de las gentes. ¿Por qué? Por temor al ridículo, á que me preguntasen: ¿imagina usted, de buena fe, señor Guzmán, que el sistema cósmico ó la especie humana no cumplirían cabalmente sus destinos si usted no sacara el pecho fuera á comunicarnos sus particulares ideas y sentimientos? Y tendrían harta razón; porque la mayor parte de los literatos y artistas que por ahí andan exigiendo nuestra admiración me parecen tan enojosos, impertinentes y ridículos como esas floristas viejas que en los vestíbulos de los teatros se obstinan en colocarnos en el ojal una flor mustia. La intromisión social que supone colocar un nombre propio al pie de una obra ha de justificarse, por lo pronto, con una vocación de linaje religioso. Esto, puede acarrear al principio mofa y escarnio, ¿qué importa? Además, es necesario haberse encontrado en trances vividos, muchas veces insignificantes en apariencia, de los cuales se ha podido extraer, como si se creasen por vez primera en la historia, los valores y conceptos fundamentales de la conducta y del universo. Tengo la certidumbre de que este es mi caso. Hasta hace muy poco tiempo, mi espíritu estaba como una noche con lluvia de estrellas; era una zarabanda de resplandores en demencia, que aparecían, se cruzaban, huían caóticamente. Y de pronto, todos esos orbes fugaces y arbitrarios, que en ocasiones llegaban á ocasionarme verdadero vértigo, se armonizaron sistemáticamente como obedeciendo á las leyes de una mecánica celeste, y aquellos resplandores volubles, que no eran sino aliento angustioso de todos los actos de mi vida pasada, se aquietaron, se cristalizaron, se hicieron elocuentes y transparentes. Y como, por nefasta influencia de la educación jesuítica, yo había llegado á aniquilar el mundo antiguo, puede decirse que he creado un mundo de la nada.