—Usted dice que todo es guapo, que es lo mismo que decir que todo es feo. Usted dice que todo está bien, que es lo mismo que decir que todo está mal. Usted dice que para conocer la verdad hay que lavarse las manos, y esto se me figura que es lo mismo que decir que no se puede conocer la verdad. Y usted no va á misa, que es lo mismo que no creer en Dios. Y, sin embargo, me parece usted un santín... ¡No me lo explico!

Y cae en profunda confusión de pensamientos. Alberto no dice nada. Fina acude:

—Dale las gracias por lo menos, hombre.

—Gracias, tita Anastasia.

Pero la vieja no le oye. Está absorta en sus cavilaciones; dentro de su espíritu hay el malestar de una contradicción que nunca atinará á resolver.

Figuras elegíacas. El ideal.

Así que Alberto se apartaba de su novia, acudía á retirarse en el cuarto de la fonda y allí gozar largamente de un sabroso embebecimiento, del cual venían á sacarle á modo de impulsos delicados y sutiles de lo inefable, que le exigían con urgente emoción, ser expresados de manera plástica y rítmica. Y así comenzó á esbozar una serie de cortos poemas elegiacos, de técnica sobria, de suerte que lo conciso del artificio literario provocase gran suma de sugestiones emotivas. La ebullición elevada de su espíritu le proporcionaba dadivosamente imágenes vírgenes de corrupción retórica y remotas similitudes cuya trayectoria estaba repleta de vibrante cúmulo de evocaciones. La inefable sensación de acatamiento y estremecimiento deleitoso que recibía con sólo oir la voz de Fina, era:

... el trigal cargado de maduras

espigas bajo los pies del viento.

La inefable intuición de eximirse de las leyes de lo temporal y vivir en las linfas remansadas de lo eterno, que estando al lado de su novia le poseía, la expresaba comparando la prodigiosa suspensión del tiempo, con la cuchilla de Abraham en alto, porque