la voz de Dios moraba entre la zarza ardiente.

La inefable certidumbre de haberse liberado de sombras y rémoras pretéritas se definía imaginando el alma de Fina, á semejanza de vasta y profunda foresta intacta, dentro de la cual él se emboscaba, é iba despojándose

de miserias añejas

como muda la víbora de piel

frotándose en las madreselvas.

Gustaba, estando al lado de su novia, de asirle á veces de la mano, cerrar los ojos, é ir asimilándola, por decirlo así, en sentimientos, sin pensar. Era un linaje de casta voluptuosidad que tradujo en un poema:

Cerrar los ojos. Luego, con la mano,

—aunque ciega, sagaz y cauta— asirte

la tuya breve. Luego, por el brazo

deslizarla, tan tenue y tan humilde