El carruaje avanzaba por la parte alta de la ciudad, siguiendo la linde del parque público. Alberto recordó que la víspera, á la misma hora aproximadamente, cruzaba los jardines, del brazo con Rosina: una pareja de enamorados cuchicheaba en la sombra, y las estrellas latían entre el boscaje. ¿Qué será de Rosina? pensó. Hubiera sido tan placentero llevarla consigo á la aldea. El amor carnal sin comedimiento le ayudaría á ir abdicando poco á poco de la vida consciente y los restos del pasado. Pero, de pronto, se hizo presente en su memoria el verso de Mallarmé:
La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres.
Sí, la carne es algo terriblemente efímero y triste, y de otra parte, Alberto se juzgaba ya de vuelta de toda la vana ciencia de los hombres.
En el parque, comenzó á tocar la charanga municipal; algarabía metálica que sacudía el aire nocharniego con una emoción de sentimentalismo.
El coche corría carretera adelante, á campo traviesa. La noche estaba lóbrega y tormentosa.
En el páramo de la Molleda, Alberto ordenó al cochero que hiciera alto. Descendió del coche. La tierra, hasta la línea del horizonte, se extendía en rasa planicie, de un negro de humo, á manera de lago bituminoso. Por el cielo, de la parte de Poniente, se levantaba un vapor cárdeno, translúcido.
Alberto amaba singularmente el yermo, hosco y huérfano de vegetación. Le parecía un estado de espíritu materializado; aquella sequedad y aridez de los místicos que hacía más vehemente el ansia de contemplar á Dios. Muchas veces iba á caballo hasta la Molleda, y discurría largas horas leyendo, sentado sobre una gran piedra calva y ebúrnea.
Retembló el trueno. Las nubes se agrietaron en estrías amoratadas.
—¡Buena se nos viene encima! —Gruñó el mayoral— Súbase, señorito, y vamos aína. Dudo que lleguemos á Cenciella con bien. Los caballos tienen miedo...
Á poco de reanudar la marcha, empezó á llover reciamente. Desatóse el viento; la voz de los truenos era horrísona.