En la Peña, á donde llegaron después de un cuarto de hora de carrera desenfrenada, guardaron el coche al cobijo de un tendejón. Telémaco, en su jaula, daba señales de iracundia funesta. Alberto, Manolo, el cochero y Sultán, entraron en un chigre, ó lagar de sidra. Un grupo de ennegrecidos mineros jugaban al tute y bebían; volviéronse á mirar á los recién llegados, con ojos que albeaban sobre el hollín del rostro.
Alberto tenía apetito. Su cuerpo, habiendo reaccionado de la embriaguez, se encontraba ágil, elástico y como saturado de fuerzas tumultuosas. Sentía deseos de correr, de saltar, de trepar montañas, de cabalgar potros cerriles. Pidió qué comer. Sirviéronle sardinas en aceite, pan, sidra. Andaba tan ensimismado que no echó de ver cómo los mineros le contemplaban con descaro, profiriendo groseras chanzas en voz que de él pudiera ser oída; daban puñadas sobre la mesa y reían, mostrando la blanca dentadura. Una carcajada más sonora obligó á Alberto á parar atención en el grupo. Su pensamiento llegaba de tan profundos y misteriosos limbos que, saliendo á la superficie, el mundo, de primera intención, se le aparecía á modo de espectáculo. Por eso su mirada fué clara y honda, una de esas miradas espiritualmente autoritarias ante el influjo de las cuales se recogen avergonzadas las fuerzas vacilantes del instinto.
Un minero se levantó, y echó á andar, tambaleándose, hacia Alberto. Éste le veía acercarse, con curiosidad desinteresada, artística. La lentitud, el movimiento del minero, su cráneo anguloso y su fortaleza torpe y bovina, hacían que Alberto imaginase tener ante sus ojos una escultura de Meunier, semoviente, viva. Sentía una emoción así como de reposo, y en sus labios apuntaba una sonrisa. El minero, en acercándose, se despojó de la boina, y dijo:
—¿Quiere aceptar el señorito un vaso de sidra?
—Ve usted que estoy bebiendo. Tome usted —Con calma escanció un vaso y se lo alargó al minero. Luego le dió una botella—. Para usted y sus amigos.
Volvió el minero á su grupo, y, á partir de este momento, se redujeron á jugar el tute con bastante circunspección.
Alberto se sentía en plena ingenuidad, frescura y barbarie de espíritu. Cuanto le rodeaba le producía el deleite de la emoción. Sus nervios estaban en una tensión musical y sutileza sensible que nunca había experimentado hasta entonces. Como claro espejo, ó quieto caudal de agua viva veíase colmado con las bellas virtudes pasivas de la mera y exquisita receptividad.
El cuadro de la taberna, en donde momentáneamente vivía Alberto, era Jordaens ó Teniers, pero con vida íntegra y acción gustosa sobre todos los sentidos. Por el abierto portón de la huerta, al fondo del lagar, entrábase olor á rosas, á malvas y á tierra húmeda. De vez en vez, á la luz de un relámpago, se encendía el paisaje con un resplandor azul intenso y violeta; y era la aparición subitánea de esas creaciones de Patinir, con su diafanidad diamantina de paisajes contemplados en lo hondo de un lago de aguas durmientes y delgadísimas.
Desde una habitación vecina, llegaba la canturria humilde de un acordeón. Una voz moza cantaba. Era un aire de austera melancolía labriega, como las romanzas de Grieg y de Rimski-Korsakoff.
Alberto batió palmas. Por detrás de una cortina á rayas rojas y blancas, asomó el chigrero. Un gato atigrado salió al mismo tiempo, por debajo de la cortina; avanzó por el suelo, de tierra cenagosa; quedóse un instante con la cabecita ladeada y un brazo en alto, atento á los maullidos de Telémaco: continuó, indiferente, runruneando con mimo.