Mas, no agradeces este gesto mío
que te llena de voluptuosidad.
No soy tu Dios. Dices, como el impío,
que todo se obra de casualidad.
Mírasme con pupila adormecida,
cargada de desdén y de fulgor.
Graciosamente enseñas que en la vida
comer, dormir, soñar es lo mejor.
Las cosas y los seres son lacayos
uncidos á tu propia bienandanza.