—Peor, peor; no preguntes, hija de mi alma —y se ocultó el rostro entre las manos.
Entonces la tía Anastasia estalló en un alarido trágico; doña Dolores se abalanzó sobre su esposo creyéndole atacado de un mal repentino; Leonor acudió en auxilio de su madre; Hurtado se vió constreñido á abandonar el muslo del pato con el aditamento de media docena de nabos por acudir en ayuda de su novia, y Josefina entretanto, con su divino aplomo de estatua, aguardaba sin impaciencia.
Don Medardo se encontraba mal. Entre doña Dolores, Leonor y Hurtado lo condujeron á su alcoba. Quedaron solas en el comedor Josefina y la tía Anastasia.
Josefina interrogó con los ojos á su vieja amiga, y ésta le refirió todo lo que sabía; á lo cual, la niña no pudo menos de suspirar, de manera que parecía sonreir.
—¿Quién lo diría, verdá, paloma?
—Pero ¿está en la cárcel, tita? ¿Sabes algo?
—Nada sé de cierto; pero ¿dónde quieres que esté?
Josefina se recogió dentro de sí misma; sobre la cera de su rostro resbalaba una lágrima.
—¡Cuánto te hace sufrir, paloma! Es cosa de un momento. Lo olvidarás y lo aborrecerás como se merece.
—¿Qué dices, tita Anastasia? ¿Tú dices eso, tita Anastasia? Ahora lo quiero más que nunca, porque ahora estará sufriendo, quizá llorando. Estar separada de él... ¿No lo comprendes, tita Anastasia, tú que eres buena y entiendes estas cosas del querer?