La tía Anastasia permaneció perpleja unos instantes; luego, llorando, estrechó entre sus brazos á Josefina:

—Sí, dices bien, paloma. Jesús, Jesús, ¿cómo pude yo dudarlo? ¿Te hice mal, paloma?

Josefina, dejándose besar, negaba con la cabeza. Se desasió de los brazos de la tía.

—Voy á ver cómo sigue papá.

Desde la puerta de la alcoba siseó, llamando á Leonor.

—¿Está malo de veras?

—No es nada. ¡Ay! Gracias á Dios. ¿Por qué no entras?

—Si le disgusto...

—Vaya, no seas tonta. ¿Qué culpa tienes tú? Ah, ¿te ha dicho algo la tía?

—¿De qué?