—De lo de Alberto.
—Sí, todo.
—Por supuesto, á mí, aun cuando me lo juren frailes descalzos, no me entra en la cabeza. No puedo creer que sea cierto. Y tú, ¿qué dices?
—Que aun cuando fuera cierto...
Leonor abrió mucho los ojos; se adelantó á exclamar:
—¡Lo que ibas á soltar, niña! Se te ocurre cada disparate...
—¿Es que tú?...
—¿Yo, en un caso de esos?... Vaya, hombre; cruz y raya. Como si le dieran viruelas. Vamos con papá.
Don Medardo bebía una poción reconfortante, y Telesforo le sostenía el platillo de la taza. Al ver á Josefina la solicitó con el gesto, y cuando la tuvo á su lado la aprisionó por la cintura.
—Pobre hija mía, qué pena me das.