—Tranquilízate, papá, y no te inquietes por mí. Con la mano derecha alisaba, lenta y mimosa, unos cabellos ralos y crespos, sobre el cráneo picudo de su progenitor.
—Si saliéramos al jardín... El aire le hará mucho provecho —aconsejó Telesforo. Sus palabras no eran sino eco deforme de su pensamiento: «si salieran al jardín, yo podría terminar el almuerzo en paz y en gracia de Dios.»
—Sí, Medardo. Telesforo habla como un libro. Al jardín —y ayudó á incorporarse al esposo.
Sentóse la familia bajo el parral sombroso que corre á espaldas de la casa, y Hurtado, con escurridiza ingeniosidad se insinuó en el comedor.
Á las tres de la tarde, Telesforo hubo de bajar á Villaclara á ciertos menesteres. Don Medardo, doña Dolores, Leonor y la tía Anastasia fuéronse á dormir la siesta. Josefina permaneció en la huerta, repasando y adobando hortalizas y plantas de flor. Sacó á Sirena, la vaca familiar, á pacer de la apretada y sustantífica hierba de un pradezuelo, al borde de la cerca. Luego se acercó á las colmenas, adosadas en fila sobre la pared del palomar. Muy próximo corría un arroyo, atravesando de un lado á otro la huerta, y en sus márgenes se apretaban, á modo de giraldilla infantil, margaritas y narcisos, rosas y claveles. Josefina fué á acomodarse en el césped, en un redondel de sombra, á la vera de sus flores. Sus ojos se elevaban involuntariamente hacia la cima de los grandes álamos negros, agudos como torres ojivales, que emboscaban la casa. Una bandada de jilgueros, uno en pos de otro, giraban en torno de la copa del álamo más alto, y era como una corona alada y melodiosa suspendida por gracia de milagro en el aire azul. Y Josefina, casi fascinada, adelantaba el rostro, alargando el cuello como para comulgar. La canción clara del arroyo le acariciaba los oídos, y el olor de tanta rosa la mantenía con los labios y los dientes entreabiertos, jadeando un poco. Las abejas venían á su vecindad; se posaban sobre sus brazos, sobre su cabello, sobre su seno; todas la conocían. Cuando los jilgueros rompieron el círculo encantado, Josefina se volvió á las abejas, y comenzó á recitar con suavidad cantarina:
Las abejitas de la Virgen,
y las abejitas de Dios;
haced de la flor que yo quiero
la miel para mi corazón.
Abejitas que hacéis la cera,