—¿Qué es ello?
—Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte para mí.
—No los tengo.
—No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver. En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás pueda arreglarme.
—No tengo un céntimo, Teófilo.
—Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y todo porque te he dicho lo de la oreja.
—No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un céntimo. ¿No me crees?
—Pero tendrás a quien pedirlo.
—A nadie.
—No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas —el acento de Teófilo se cortó, como si fuera a llorar.