—¿Tan apurado es?
—De vida o muerte, ya te he dicho.
—¿Puedo saberlo?
—¿Por qué no? Una mujer... —comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.
—¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.
—¡No digas insensateces! —Teófilo se encrespó—. Es mujer que no necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie... En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves... he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No comprendes?
—Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. No te acongojes, hombre —Alberto estaba un poco enternecido—. Una mujer decente, ¿eh?
Teófilo dudó un momento.
—Sí.
—No, no; di la verdad.