—Es... una cocota; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?
—Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha enamorado de ti como poeta o como hombre?
—Como hombre —afirmó Teófilo—. Te repito que es un ángel. Habíamos concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún ninguna impureza en nuestro amor —y con una transición que a poco hace reír a Alberto—: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu sastre...
—Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje... No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos, aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan tronados como yo.
Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.
—Vamos al gabinete.
Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron unos golpes en la puerta.
—Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo deseos de ver a nadie.
Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la conversación.
—¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?