La voz de Alberto:

—Naturalmente.

Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se dijo.

Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba, examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres. Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros dos hombres, en el comedor.

Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.

La voz de Tejero:

—Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública. Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben, acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado... La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más; por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.

Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió con lápiz:

«Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea. Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda. Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas (como no estaba seguro de la ortografía de privado trazó a mitad de la palabra un tipo mixto entre b y v) aborrezco al viejo cipote teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,

Teófilo.»

Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!» Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. ¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del establecimiento cuando el sastre le detuvo.