—Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe de la factura.
—Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.
—No, señor, no responde.
—¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.
—En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura que no querrá —el sastre sonrió de manera ofensiva—, hacerme el anticipo de doscientas cincuenta.
Teófilo se engrifó, herido en su altivez.
—No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas por ahora?
—Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.
El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente a Teófilo y dijo así:
—Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto chasco... La ropa estará lista en ocho días.