—Tiene que ser en cinco, a más tardar.

—Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea cuando se trata de algún parroquiano antiguo.

—Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas noches.

Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»

En estas consideraciones acertó a pasar frente a la Maison Dorée. Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.

—Tengo que pedirte un favor, Quijano.

—Por de contado.

—Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?

—Sí.

—¿Puedes prestármela unos días?