—¿Cómo prestártela?
—Cedérmela.
—Claro que sí.
—¿Hay muebles?
—Ya lo creo, los necesarios.
—Te advierto que es para ir con una mujer.
—Eso, allá tú. Te enviaré la llave.
—Yo vendré aquí mañana a recogerla.
Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido, igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo. El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer callo, tierno aún y en formación.
A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño. Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre, hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen, Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había pasado y a afrontar sus consecuencias.