IX

Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario La Patria:

Dan gusto nueve al garguero

en el festín de Platón;

mas, diga el señor Tejero,

¿y el piri, coci o puchero

del resto de la nación?

Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían asomado en el tintero del poeta jocoso.

La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.

Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le proponía celebrar un mitin de protesta.