—Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto —decía, y su corazón rezumaba caricioso óleo de esperanza—. Este mitin dará mucho qué hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?
—Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste papel.
—¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y si no, al tiempo.
—Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible. Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?
—¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar la ética política...
—Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!... Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías, me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade, con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros, otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa es el misticismo: el parto de los montes. Somos una raza con los sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo en aquel punto de esfuerzo nebuloso y desazón gustosa, como decían los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar aquel esfuerzo y desazón gustosos, para expresar lo inefable; es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección, porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas.
Tejero sonreía, condescendiente:
—No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo desordenadas, necesitan mayor objetividad —a Tejero le mareaba el que su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»—. Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace usted arrancar la estética?
—He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y saturarlos de emoción, personificarlos.
—Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina hoy toda la especulación de la estética alemana, el einfühlung. Se ve que ha leído usted algo acerca de ello.