—No he leído nada.
—¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?
—Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha sido... una prostituta.
Tejero se puso serio.
—¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!
Alberto se encogió de hombros.
—Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de los oradores del mitin.
—Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se empeña...
—Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.
En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no se conocían, y Angelón, así que cambió las acostumbradas fórmulas corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta: