—¿Qué dice usted?

—Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido Alberto.

Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a vestírselo.

—Hay que centrarse, Alberto —aconsejó Tejero, en tanto realizaba una flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha.

—¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt Whitman: I am an acme of things accomplished?

Tejero respondió:

—No.

—«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos; y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito, entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme, y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos debieran titularse: Nací en la Mancha.

—Es usted tremendo —Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la calle.

Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando: «Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad. «¡Caracoles! —exclamó a media voz, con la sangre helada—. ¡Ya lo creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más intenso y aplaciente aún.