X
De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero como al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con la cerviz algo inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la escasez de dinero tenía la culpa de todo.
En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como de veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral, tirando a lo señorito.
—Buenas noches —habló el mozo.
—Hola, Apolinar.
Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador, nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado, si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran otros tantos sablazos o peticiones de dinero, y Apolinar después las traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas. Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España.
Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón; pero las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo. Volvió con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos le esperaba, y por la manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su protector estaba con el agua al cuello.
—¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café?
—Natural.
—Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras.