Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas de la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba al café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho con don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será lo que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de merluzas gigantescas.
La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la puerta e hizo señas a Angelón que saliera.
—Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han tenido las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como me caía al paso, voy y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que le está a ustez muy agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había comprao una merluza pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya pudo ocurrírsele a ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como ustez no fuma. Es una nimiedaz.
—Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre —rezongó Angelón y echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a casa.
Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba sobre una mesa de peluche rojo.
—¿Qué es eso? —inquirió Alberto.
—A usted ¿qué le importa? —dijo Angelón.
—Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy?
—¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted entretanto...
—Pero, ¿qué he dicho?