—A ver si vais a reñir por una tontería —interrumpió Verónica—. Se refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz...
—¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño —y volviéndose a mirar la merluza—: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente?
—Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué hacemos con una merluza? —Angelón habló con visible malhumor.
—Comérnosla —acudió Verónica.
—O empeñarla —intervino Apolinar con zumba.
—¿Eh? —Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad—. Tú lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero, ¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará? —la sompesó—. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza, Verónica?
—Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas...
—Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos.
—¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor —aconsejó Verónica.
—Quita tú allá —atajó Apolinar—. Lo primero que ahora estarán cerradas.