—¡A empeñarla! —gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas. Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento.
Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho alborozo.
Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió, entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas. Verónica mostraba gran regocijo.
—Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo —observó Angelón—. De seguro en América no se empeñan merluzas.
—¿Cuándo marchas? —preguntó Alberto.
—La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso... —Apolinar sonrió apicaradamente—. Es el caso que ya va para dos años que una gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha y está sirviendo con una que la dicen la Rosina. Y como digo, la niña se merece cualquiera cosa. Si ustedes la vieran...
—Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No seas pazguato y aprovéchate antes de marchar —amonestó Ríos.
—¿No te da vergüenza decir esas cosas? —habló Verónica.
—¡Bah! —exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo—. Y ella, ¿sabe que te marchas?
—Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el subterfugio es convencerla de que va a haber enlace.