—Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! —comentó Verónica, enojada—. ¿Qué dices tú, Alberto?

Alberto se encogió de hombros.

Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz, un mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos, andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo en todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de pequeñas sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en la expresión del rostro infundiéndole extraordinaria y simpática movilidad. No disimulaba que el motivo esencial de su conducta era el espíritu de lucro a la larga, y, en todo caso, la satisfacción de su propio interés. Constituía un espécimen típico del hombre del litoral mediterráneo, y en el trato de gentes adoptaba la norma semítica del igualitarismo. Tuteaba a cualquiera a poco de hablarle, y se conducía con gracioso desparpajo, aun ante personas muy respetables por la edad, la dignidad, el gobierno o el mérito, las cuales, por lo general, celebraban el desenfado del joven. A los pocos meses de estar en Madrid entraba y salía en escenarios, ministerios y redacciones como en su misma casa, y a los pocos minutos después que llegó al comedor de Angelón, hablaba con este, Verónica y Apolinar como si fueran habituales camaradas suyos de holgorios, y los había visto aquella noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita, la hermana de Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora detrás de él.

Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y así la vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se precipitó a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban, y bebió dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el rostro y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo anémica a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por que atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento.

Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a ella cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues y fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a entender que el joven le gustaba.

Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un descuido, teniéndola aparte, la conminó a que ella lo pidiese; Verónica, a su vez, endosó el encargo a Alberto, que se prestó a cumplirlo de buen grado.

—Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas —respondió Angelón.

—Pues déselas usted.

—Justo, ¿y mañana?

—Mañana, Dios dirá; es su frase de usted.