—Tome usted cinco y déselas.
Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando menos llevarse a Verónica:
—Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así, que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga, Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras.
—¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre.
—¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en perfumes?
—No es por ahí, madre.
—Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él.
Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto, aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de celos.
Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de nuevo acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura, el aire, el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial prestancia. Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y sonriente timidez, y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado suyo.
—He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y me ha dicho que estaba usted algo enfermo. ¿Qué es ello?