—Nada, realmente.
—Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con exterminarnos a todos los que somos conservadores.
—Usted no es conservador.
—Lo soy, y convencido.
En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la boca, demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin cejar, por abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva y paradójica, que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la calle un gran perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el chico de otro y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando la cuerda rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad, repartida en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca.
—Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres. Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno ni lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto. Según se adopten uno de estos tres postulados, se es en política, primero, conservador; segundo, liberal, y tercero, arribista, como ahora se dice. Claro que en España la grey política se compone casi exclusivamente de arribistas, o sea, hombres que juzgan tontos a los demás y no piensan sino en medrar, como quiera que sea. También pienso que hay conservadores de buena fe, y a estos la lógica les impone como único instrumento de gobierno el palo y tente tieso. No niego que haya uno que otro liberal; pero no se mezclan en la política activa, y así va el partido. Si del hombre en particular pasamos al universo, cuya expresión es el arte, se puede creer que el mundo es malo, que el mundo es bueno o que el mundo es tonto; es decir, tenemos el arte melodramático, el arte trágico y el arte humorístico. Pues yo digo, y perdóneme la franqueza, que usted no puede ser conservador sincero, como no puede ser un urdidor de arte melodramático, sino, en todo caso, un poco arribista en política y un mucho humorista en arte.
Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición, Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho interés.
—¡Y ahora a bailar, niña! —jaleó Angelón, golpeando una botella con un cuchillo.
Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire, que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza, batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear por lo jondo.
Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación extática de las pupilas.