—¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! —insinuaba la vieja, volviéndose a mirar a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación, que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete, que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.
Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de negro, sutilísimas, maravillosas.
Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta, eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad. Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea, contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años, y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.
—¡Estas cendolillas! —exclamó Halconete con acento algo agitado. (Cendolilla, mozuela de poco juicio.)
Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido.
—Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras —dijo Alberto.
Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó:
—¿Por qué?
—Porque has estado aquí esta tarde...
Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó: