Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole en voz bisbiseada este pronóstico:

—A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.

Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:

—Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento nada bien.

—Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una pregunta —la pregunta de Teófilo concernía al sastre.

Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.

En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.

—¿Es tu novia?

—Sí.

—Es bonita. ¿Qué dice este papel?