—Para la temporada del circo.

—Hombre, no veo concomitancia ninguna...

—Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi suerte —y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego ornamento capilar. Añadió—: Según todos los cálculos y racionales previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla, ¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona, y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que mis barbas.

—Te quejas un poco de vicio.

—Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida, más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.

Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado de Alberto.

Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de anticipación.

—¿Hay gente? —preguntó Travesedo a uno de los porteros.

—No, señor. Es muy temprano todavía.

—¿Qué papeles son esos?