—La lista de los que tienen entrada libre.
—¿Quién se la ha dado a usted?
—El maestro Soler.
Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los pasó a Alberto.
—Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición sin pagar un cuarto.
Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.
—No es posible. Con esto basta para atestar la sala —observó Alberto.
—Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto, aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial.
Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.
—¿Qué te decía yo? —habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las barbas—. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico: dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio... Buen pelo voy a echar.