—Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano, sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún.

—Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha perjudicado.

Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.

A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna, desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido sfogato de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del fox-terrier.

Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá, desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas dedicatorias manuscritas al pie.

Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y una voz rajada y mate dijo:

—¿Si puó?

—Sí, preciosa; adelante —gritó Travesedo poniéndose en pie, con los ojos muy pajareros.

Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.

Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas.