—¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello, qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está tanto bello; dale un bravo baciozzo.
Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo, presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y malhumorado decía:
—No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!
Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros, aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una mariposa o de una quimera.
—¡Hugolino! ¡Hugolino! —suspiraba—. Viene a tua mamina.
En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa. Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición. Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos, complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:
—¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino!
—¿Cincuenta liras? Estás fresca —respondió Travesedo, congestionado de risa.
La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes, hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo quirúrgico, repelente.
—¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! —murmuró, señalando con la mano izquierda a Travesedo.