—Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen pelo íbamos a echar.
—Pelo, pelo... —y le asió de las barbas—. ¿Venticinque? No seas cattivo. Va, va; venticinque.
—Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.
—¡Tirano, bárbaro, leccatone! —por aliviar su aflición extrajo a Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.
—Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene suerte —agregó, dirigiéndose a Alberto—. No ha debutado aún y ya le ha salido un adlátere.
—¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono... Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora —habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza del estuco que llevaba sobre la piel.
Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.
—Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.
Alberto intervino:
—Pécora es oveja.