Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.
—Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...
—¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.
—Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita Pécora —dijo, hablando con la dama—; dile a la pécora macho que puede entrar. —Volviéndose hacia Alberto—: Es un chico muy fino, agregado en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.
Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura, con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase benevolencia.
Verónica venía algo excitada:
—Chicos, estoy nerviosa. Me siento.
—Siéntese usted también —dijo Travesedo al joven bozal.
La dama del macaco se adelantó a hablar:
—Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el frío... ¿Las fiori?