—Luego te las llevarán.
Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión.
—¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? —preguntó a Travesedo.
—Daño ¿en dónde?
—Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.
Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.
—Chiquillo —habló Verónica, volviéndose hacia Alberto—, en casa están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio —se puso en pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose sobresaltada y la silla cayó con estrépito—. ¡Qué susto! Cualquiera cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar...
—¿Y Angelón? —preguntó Travesedo.
—Luego vendrá.
Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo, pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la compostura afable. Traía una rosa en la mano.