—¿Hay gente, maestro? —inquirió Travesedo.
—Mucha gente.
—¡Bendito sea Dios!
—¿Lo ves? —dijo Alberto, acercándose a la puerta.
—¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... —habló Travesedo.
—Abajo está —respondió el músico—, hablando con las Petunias.
—Y Antígona, ¿no ha venido aún? —preguntó Teófilo.
—No sé —dijo Travesedo—. Ya debe ser la hora de empezar...
—Muy cerca. Yo voy a la orquesta.
Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían, subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.