Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas, farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones, abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos remoquetes: el Obispo retirado y el Fraile motilón. Teófilo y Alberto se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola, era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también, como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales, plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía, ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego.

Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este mundo andan las riquezas.

—Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le sirve a él el dinero? En cambio yo...

Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.

La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las grandes caracolas.

II

Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el encuentro con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última carta de su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo calificaba así, mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de saberse amado por Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado y gustoso carácter de sus relaciones platónicas hasta tanto que no pudiera hacerla suya, suya por entero y para siempre; pero ocurrió que, como menudease las visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras encarecidas y ardorosas muestras de amor, cierta tarde, en que por fortuna llevaba ropa interior nueva, el frágil e inocente tinglado platónico desapareció, disuelto entre ígneos arrebatos y deleites, como pobre ermita que estuviera levantada sobre un volcán. Después de haber hecho suya a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por los umbrales de la suprema desventura.

La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas mercenarias de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud lustral y metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y convertido en intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales y sabias en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa ni le hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera: inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero, sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida. Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba algunas horas.

Rosina hacía de él lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le convenció de que lo conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus relaciones:

—Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido y tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso. Yo me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza alta. ¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando: «si estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo por caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las cosas van por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción y qué risa por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no saben de la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan dulce como guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los secretos. Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma que es en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida iba a revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden, y Dios me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la religión —se santiguaba, porque era supersticiosa.