Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar, sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al igual del fuego, todo lo limpia y acrisola.
Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con las primeras deudas contraídas de mala fe, angosto portillo por donde se sale al campo abierto del bandolerismo habitual. El día de la inauguración del circo, su patrona le había requerido para que pagase por anticipado la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que ella le plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No tenía, al recibir el ultimatum de la patrona, arriba de dos pesetas en el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa roja para ofrecérsela a Rosina.
Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas, se le planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar la noche. Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía. «Pero, ¿y si esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con la emoción y distracción del debut?», pensaba Teófilo.
—Alberto —bisbiseó Teófilo—, tengo que pedirte un gran favor.
—Si está en mi mano...
—No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche...
—Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La cuestión es para lo porvenir.
—Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va a salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad?
—Sí, mañana.
—¿Hablas tú?