—Se empeña Tejero.
—Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras cómo estoy...
—¿Dura el lío amoroso aún?...
—Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de esto que era toda mi vida.
—¿Quién es la dama?
—Perdona, pero no se puede saber; es asunto de honor.
—¿Y el viaje a El Escorial?
—No hemos podido realizarlo.
—¡Vaya por Dios!
—Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio a aquel infecto anciano —murmuró Teófilo, señalando con ademán teatral el palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos, Pascualito y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le miraba de un modo significativo, preguntó azorado—: ¿Por qué me miras así?