—Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué?
—Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos de la nación puedan estar en manos de semejante viejo.
—¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología.
En escena había un baturro dándole con gran arremango al guitarrillo. Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó:
¿Cuándo nos veremos, maño,
como los pies del Señor,
uno encimica del otro
y un clavito entre los dos?
El público celebró la donosura con grandes carcajadas.
—¡Qué asco! —susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre con una contracción en el rostro, como de aquel que sufre bascas—. Mira alrededor tuyo, Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso de humanidad. ¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he hablado hace un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces semejantes? La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo? Observa aquí el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas. Observa qué vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que verlas por dentro...