—Chss —se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó:

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy tenue—. ¿Para qué vive esta gente?

—¿Para qué vives tú? —le atajó Alberto.

—Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir?

—¿Qué pretexto verdad tienes tú?

—Yo soy un artista, un poeta.

—Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y para esa gente.

—No lo veo claro.

—Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú querías decir?

—Exactamente.